Una santanderina en la Semana Santa granadina

874 kilómetros separan a mi tierra, Santander, de Granada. Eso era lo que me separaba a mí de la Semana Santa granadina. Sin embargo el decidir comenzar mi andadura profesional en esta bonita ciudad me acercó al mundo cofrade del sur. Fue en el año 2009 cuando supe lo que significaban estas fechas para los andaluces. Porque sí, es cierto que por ahí arriba no entendemos de la misma forma que por aquí abajo cómo se puede llorar ante el paso de una virgen o un de cristo.

Por aquel entonces yo trabajaba en Teleideal. Días antes de que comenzara la Semana de Pasión a mi compañero Pedro Pablo López y a mí, se nos encomendó el mostrar a los ciudadanos a través de un programa (La Chicotá) la otra cara de la Semana Santa. Lo primero que pensé fue: Dios mío, ¿cómo voy a hacer yo esto si no tengo ni idea? Sin embargo gracias a la ayuda de los granadinos y como no, de Pedro, lo que podría haber sido una hecatombe fue una maravillosa experiencia. Aquellos días llegué a interiorizar la Semana Santa hasta el punto de soñar con las marchas procesionales durante prácticamente todas las noches.

Lo primero que me llamó la atención fue ver como los devotos granadinos, una vez ajustado su fajín, se metían debajo del paso y lo subían con aquellas ganas y aquella fuerza. Me sorprendió quizá porque los recuerdos que tengo de cuando iba con mis padres a ver las procesiones en Santander, eran que los pasos no los movían personas sino ruedas.

Anonadada me quedé también cuando realizando un reportaje en el rincón del costalero, vi como algunos tenían la nuca amoratada de soportar el paso. A pesar de todo, fueron rotundos al afirmar que saldrían para la Passio Granatensis.

Otra de las cosas que pude conocer durante mi primera Semana Santa en Granada, fue cómo los vecinos del Albayzín improvisaban en sus casas pequeños altares. Una forma bonita y llamativa para mí, claro está, de sentir la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús a todas horas durante esta semana.

Tampoco se me olvida la cara de aquel niño rubio, en la iglesia de Santa Ana, cuando nos entregó a Pedro y a mí la imagen de la Virgen de la Esperanza (la cual conservo y llevo en mi cartera) pasada por el manto, mientras nos contaba que por su cumpleaños le había pedido a su madre que le hiciera Hermano de esta cofradía. En ese momento me di cuenta de que a pesar de que creía que entre los jóvenes se estaba perdiendo la fe, esto no era así.

En cuanto a las procesiones, fueron muchas las que me pusieron el bello de punta. Pero sin duda la que tengo grabada en mi mente como si de un tatuaje se tratara, fue la del Cristo del Silencio. Aquella imagen de Granada a oscuras y el Cristo iluminado la tengo clavada en mi retina. Y algo que no podía faltar entre estar líneas son las famosas torrijas. Aunque todas las Semanas de Pasión mi madre las hacía en casa, nunca las había probado. Pedro Pablo en su cocina mostró todos los granadinos y a mí, cómo hacer este delicioso dulce (creo que este reportaje fue, no cabe duda, el más visto).

Aunque en su día en el último programa de La Chicotá di las gracias a todos por la paciencia que tuvieron conmigo durante la Semana Santa del 2009, se las vuelvo a dar otra vez. Y no duden que gracias a aquella memorable experiencia, me convertí en embajadora de Granada y de su Semana Santa.

Teté Andrés

Periodista y Asesora política

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