Diecioho años de "chicotá"

Hoy, estando sentado delante de mi ordenador, pensando el artículo que voy a escribir para la revista de este año, mientras la Agrupación de la Estrella toca “La Saeta” a través de mis altavoces, recuerdo que hace ya algunos domingos, en los primeros ensayos de costaleros, empezó a cumplirse uno de mis sueños: por fin, después de tantos años esperando, SOY COSTALERO del Resucitado.

Ha sido una larga espera, más larga de lo que me hubiera gustado, pero todo llega en la vida, y si todo sale bien, el próximo 24 de abril iré debajo del paso de misterio de nuestros Titulares, llevando la noticia a Granada de que Cristo ha resucitado. No obstante, no puedo evitar recordar todas las cosas que he vivido durante esta espera y cómo el gusanillo de ser costalero ha ido creciendo cada vez más durante todos estos años.

Recuerdo los ensayos de costaleros a los que desde muy pequeño he ido acompañando a mi padre y a mi tío; esos fueron mis primeros pasos costaleros y así fue como aprendí muchas de las cosas que sé ahora: desde esa temprana edad, ya sabía cómo tenía que fajarse un costalero para no hacerse daño, ya sabía que al tercer golpe de martillo había que saltar con todas las fuerzas posibles, ya sabía que siempre hay que ir con el izquierdo por delante, ya sabía que ser costalero es un verdadero gesto de generosidad donde hay que ayudar al compañero que tienes al lado. Empecé a aprender los andares debajo de la parihuela mientras mi padre me sostenía una mano y yo en la otra sostenía un bocadillo para cenar.

Mi padre, mi madre y yo siempre decíamos que yo le daría el relevo como costalero a mi padre e iría en su sitio en la igualá, pero lamentablemente, mi padre no aguantó a que llegase mi relevo, ni tampoco podré suplirle en su sitio, voy a ir bastantes filas por delante. Sin embargo, el año de su retirada tuve la posibilidad de dar mi primera chicotá junto a él, con 14 años empecé a ponerme la miel en los labios de llevar al Resucitado en los hombros. Hablando de relevos, al año siguiente pude darle también el relevo a mi tío Plácido, que después de tantos años dejaba la cuadrilla; a la vez que yo también di mi pequeño relevo, ya que, tras estar tantos años agarrado a la pata del paso con una botella en la mano, mi primo Juanma ocupó mi sitio.

Los dos años siguientes fueron de transición, me encargué de llevar a nuestros pequeños campanillos por las calles tocando sus campanas anunciando la Buena Nueva y también llevé nuestro guión, enseñando a toda Granada quienes éramos; pero de todas formas, mi corazón seguía en las trabajaderas del paso, ya convertido a misterio, y no podía evitar emocionarme con su imagen saliendo de la iglesia del Sagrario al son de marchas como “Oración” o “Rey de los Cielos”.

Pero el año definitivo ha llegado, ya no tendré que seguir imitando los andares costaleros por el pasillo de mi casa, ya no tendré que estar continuamente silbando marchas mientras cargo una silla sobre mis hombros; el momento de llevar todo esto a la realidad está a punto de llegar, mis años de espera llegan a su fin. Es cierto que las cosas han cambiado: ¿quién me iba a decir a mí con siete años que, cuando por fin fuera costalero, no iba a llevar solo al Cristo Resucitado, sino que sobre mí iban a estar además Nuestra Señora de la Alegría, María Magdalena y San Juan? Puede parecer que sí que haya cambiado, pero la realidad es que todo sigue igual; el mensaje de la Alegría de la Resurrección es el mismo, la ilusión de los cofrades de ver este mensaje en la calle no ha cambiado, el esfuerzo que ponemos los hermanos para que todo siga adelante es tan grande como el que hace 25 años fundó esta cofradía, y ese espíritu nunca cambiará.

Y este espíritu nunca va a cambiar por una sencilla razón, porque todos seguimos con las mismas ganas que hace 25 años de llevar hasta el último rincón de Granada el mensaje que llevaré bordado en mi faja blanca ese festivo 24 de abril, una sencilla palabra que resume todo el auténtico significado de la Semana Santa: SURREXIT.

Luis E. Iáñez García

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